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En el departamento de Santander, una alerta naranja se enciende sobre sus corredores viales más importantes. La grave situación de la Ruta 45A recorrida entre Bucaramanga y Bogotá y la Transversal del Carare que atraviesa la región, ha sido calificada por gremios, transportadores y autoridades como “vías en cuidados intensivos”.
Ambos corredores presentaban, desde hace tiempo, señales claras de deterioro: hundimientos de banca, destrucción parcial de tramos, deslizamientos y advertencias de la comunidad local. Sin embargo, según lo denuncian estos actores, no se recibió el tratamiento oportuno que permitiera evitar el colapso paulatino.
Las consecuencias ya son palpables. En la Transversal del Carare, por ejemplo, se produjo el desprendimiento y destrucción de tramos, afectando fincas, viviendas, servicios públicos y dejando a comunidades enteras sin acceso.
Además, los peajes ubicados entre Los Curos, Curití y Oiba recaudan entre 30.000 y 45.000 millones de pesos anuales, según cifras gremiales, pero esta recaudación afirman no se ve reflejada en inversión real en las vías.
El costo del infortunio es alto: los cierres por emergencia en estos corredores superan los 75.000 millones de pesos diarios, con impacto directo sobre el transporte de carga, pasajeros y combustible. Mientras tanto, las comunidades exigen respuestas inmediatas.
Con este panorama, la región se enfrenta a una disyuntiva urgente: o se invierte de manera decidida y estructural en la infraestructura vial, o continuará el ciclo de advertencias, cierres y pérdidas económicas. El riesgo no es sólo económico sino también humano, pues una falla mayor podría derivar en tragedias evitables.







